Mateo 18: “Tu perdón es un reflejo de tu cristianismo”


¡Buenos días mujercitas espero se encuentren bien! Hoy estaré platicando acerca del perdón, y este es un tema que nos compete a todas, por lo que les sugiero que lean Mateo 18 para que tengan una idea más clara de lo que comento.

Pero a grandes rasgos Jesús explica cómo debemos arreglar las cosas cuando alguien nos ha lastimado y también ilustra descriptivamente por qué es que debemos perdonar siempre. Sin embargo, me gustaría explicar que hay niveles de heridas y tipos de perdón, no es lo mismo perdonar a un desconocido que te tira el café encima, que una agresión de alguien que conoces. Algunas heridas son mucho más profundas y nos duelen más, generalmente estas son de las personas más cercanas a nosotras. Y es justamente a este tipo de personas a las que se refiere Pedro cuando pregunta: ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano? Y lo que el maestro contesta simplemente no da cabida a no perdonar, como cristianas debemos perdonar siempre.

El problema es que muchas veces no reconocemos lo que nosotras hicimos y sólo vemos lo que nos hicieron, se interpone el orgullo y nomás no cedemos, otras veces en cambio, queremos perdonar, pero no tenemos ni idea de cómo hacerlo.

Y es que todas las relaciones humanas son un poco complicadas. Cuando la condición pecaminosa de una persona choca con la condición pecaminosa de alguien más, ya valió todo, ahí comienza el desastre. Y entonces caemos en la terrible mentira de la auto-justificación y excusamos nuestras acciones. Lo peligroso es que dejamos de lidiar con nuestro propio error y pecado y nos volvemos el juez del pecado ajeno.

Es más, les confieso que hubo una rachita en la que mi esposo y yo peleábamos por todo, y cada que lo hacíamos, (invariablemente de cuánto tiempo durara) el pleito se dividía en cuatro partes. La primera parte del pleito yo lo agredía porque sentía que él me había agredido, la segunda parte yo lo seguía agrediendo porque parecía que no se estaba dando cuenta de su terrible agresión, la tercera parte yo esperaba muy digna una disculpa, y no cualquier disculpa, una sentida en la que reconociera sus agresiones y errores, y la cuarta parte, la cual duraba lo menos posible, yo le pedía una pseudo disculpa justificando todo lo malo que yo había hecho.

Pero cuando buscas de verdad a Cristo y le pides que te muestre tu pecado, Él lo va a hacer, porque el Señor es el alfarero y tú el barro que está moldeando. Y de pronto un buen día, comencé a verme un poco más a mí y menos a Jorge, gracias a Dios comenzó a dolerme más lo que yo hacía. De pronto las discusiones y pleitos se trataban más de mi relación con Dios y mi crecimiento espiritual, que de cambiar a fuerzas a mi marido o de dejar claro mi punto. Poco a poco me ha ido cayendo el veinte, aunque como decía Pablo, no es que lo haya alcanzado ya, ¡por supuesto que no! al contrario, a veces parece que, por cada paso hacia adelante, retrocedo tres, pero prosigo hacia la meta.

La parábola de los dos deudores lo deja clarísimo; sí verdaderamente comprendes todo lo que Dios te ha perdonado, ¿Cómo puedes no perdonar y dejar ir la ofensa? Es más, Jesús nos pone el ejemplo. Cuando lo estaban crucificando, y sus asesinos se burlaban de Él (que era completamente inocente), Cristo le pidió al Padre que no les tomara en cuenta su pecado porque no sabían lo que hacían. Entonces si tú y yo nos seguimos aferrando a nuestro orgullo y peleando nuestro derecho, es porque ¡definitivamente no nos ha caído el veinte!

La realidad es que rara vez nos hieren sin que tengamos algo que ver en el asunto, la mayor parte de las veces uno mismo es parte del problema, sentimos que no merecemos que se nos trate de “equis” manera y no lo dejamos pasar tan fácil. Y de pronto no sabemos ni como, pero el resentimiento controla nuestra vida y escuchamos las frases: “Si Fulanito va a tal lado, yo no voy, o si voy, que ni crea que lo voy a saludar, es que, nunca perdonaré lo que me hizo”. Conscientemente decidimos no perdonar y lo justificamos ante los demás y ante nosotras mismas. Pero según lo que Jesús enseña, nunca hay justificación para no hacerlo.

Pero ¿qué podemos hacer cuando la herida no es un pleitecito cotidiano y caprichoso, cuando es algo que te hirió directito al corazón y genuinamente quieres perdonar a la persona, pero sientes que no puedes?

Bueno, primero que nada, debes saber que el perdón es una decisión y que con la ayuda de Cristo eres capaz de perdonarlo todo. Pero tú decides si perdonas o le das cabida al resentimiento. El resentimiento es volver a sentir y uno vuelve a sentir cuando recuerda la ofensa, cuando repasas en tu mente una y otra vez las cosas que te han dicho o hecho.

Si en verdad quieres perdonar tienes que aprender a conocerte, no cedas ante la tentación de seguir haciéndote daño o de hacerte la víctima, ven a los pies de Cristo y dile audiblemente: “Señor ayúdame a perdonar a Fulanito de la misma manera en la que tú me has perdonado a mí, que tu Espíritu Santo me ayude a verlo con la misma gracia y amor con la que tú me ves”. Inmediatamente después, distráete, no cedas, ponte a hacer algo que ocupe tu mente, sirve a otros, recuérdate a ti misma las bendiciones que Dios te ha dado, deja de quejarte por lo que pasó y enfócate en las múltiples misericordias de Cristo. También te recomiendo que hagas una lista con todas las virtudes que tiene la persona que te lastimó y la leas en esos momentos.

Recuerda Colosenses 3 que dice: “ Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia;

soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto”.

¡Que tengas una linda semana y que Dios te bendiga!
Noviembre 13, 2018 | Aimeé Pérez

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