El capítulo 15 del libro de Proverbios nos dice que la blanda respuesta quita la ira, pero la palabra áspera hace subir el furor. Cuando somos objeto de alguna injusticia y tenemos oportunidad de defendernos, nuestra indignación es justificada y nuestro ira comprensible; pero aún ahí debemos hacer uso de toda la sabiduría y prudencia a que tengamos acceso.

Tal fue el caso de David cuando tuvo oportunidad de matar a Saúl, quien le había estado persiguiendo para matarlo con un ejército de 3 mil personas en el libro de 1 Samuel 24. Pero en lugar de tomar la vida de su enemigo en sus manos, David simplemente corta el borde del manto de Saúl y luego lo confronta haciéndole saber que pudo haberlo matado y no lo hizo.

Si tu fueras el perseguido injustamente, aquel que se ha visto obligado a habitar en cuevas y montes, entre animales y escasez porque al rey se le botó un tornillo y tuvieras oportunidad de matarlo, pero en lugar de hacerlo vieras la ocasión para demostrarle tu inocencia y su terrible actitud hacia ti, ¿cómo se lo dirías? ¿Le restregarías en la cara que “no somos iguales“, que él es un malvado y tu un hombre de Dios?

Creo que podemos aprender algunas cosas de cómo enfrentó David esta situación. En primer lugar cuando David se dirige a Saúl le habla de esta manera: ¡Mi Señor el rey!... y en cuanto Saúl voltea, David se inclina rostro a tierra y hace reverencia. Lo primero que hace en su búsqueda de reconciliación es mostrar que tiene una alta opinión de Saúl, que lo respeta y que reconoce la posición que tiene como soberano de Israel.

Quizás cuando nosotros buscamos la reconciliación con otra persona nos convenga iniciar por mostrar respeto hacia ella y dejar el desdén de lado, el enfado y las malas opiniones que pudiésemos tener. A fin de cuentas, si hay enemistad, la otra parte seguro está convencida de que es inocente y que uno es el culpable de semejante quebranto.

Pero lo que hace David a continuación es admirable. En el versículo 9 David comienza su discurso de esta manera “¿Por qué oyes las palabras de los que dicen: Mira que David procura tu mal?“. ¡En lugar de decirle “Saúl eres un malvado por andarme persiguiendo sin razón” lo que hace es echar la culpa sobre los consejeros de Saúl y desviar el cañón del monarca. ¡Qué manera de justificar a su oponente! David está dándole la salida a Saúl diciendo que su coraje es injusto porque ha sido inflamado por voces ajenas en lugar de culparlo directamente a él.

Es importante cuando buscamos la reconciliación con otras personas destacar que lo que buscamos es resolver el problema. Que la persona no es el problema sino las percepciones o razones que orillaron a uno u otro a actuar de una manera que injustamente haya derivado en la enemistad. Cuando mostramos respeto y damos honor a los demás es más sencillo poderse enfocar en el problema y no en las agresiones o heridas causadas.

Si continuamos leyendo el relato veremos cómo David expone su inocencia mientras sigue honrando y reconociendo a Saúl como el ungido de Dios y, aunque pone a Dios por testigo entre ambos y pide la justicia del Altísimo, en lugar de auto-exaltarse, David se humilla y se describe como un perro muerto, una pulga (como las que llenaban las cuevas en las que se escondía el salmista). Lo que le estaba diciendo a Saúl es: yo nunca procuraría tu mal.

La respuesta de Saúl es impresionante. Ese hombre que se había determinado no descansar hasta ver muerto a David responde en llanto y reconciliación. Lo llama “hijo mío” y reconoce que David es más justo, que habrá de reinar y que su reino será firme y estable. En el desenlace David incluso promete cuidar a la descendencia de Saúl cuando asuma el trono, pagando bien por mal.

Es verdad, la blanda respuesta quita la ira y cuando dejamos de lado nuestra sed de venganza y descansamos en Aquel que juzga todas las cosas; cuando buscamos verdaderamente ser embajadores de reconciliación y seguimos el ejemplo de Cristo quien vino a reconciliarnos con Dios a pesar de que nosotros habíamos transgredido sus leyes y nos amó y se entregó a Sí mismo por nosotros; cuando buscamos en cuanto de nosotros dependa la paz con todos los hombres, entonces estamos siendo verdaderamente hijos de Dios.

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.”
(Mateo 5:44)


Martes 10 de Julio, 2018 | Jorge A. Salazar

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