Dios decidió, por alguna razón, que a través de la predicación de Su Palabra recibiéramos la fe que necesitamos para ser salvos. Pablo deja claro este punto en Romanos 10:13-15a, 17. Es evidente que predicar la Palabra tiene un papel principal en todo este asunto. Pero entonces, ¿Por qué en la iglesia de nuestros días predicar la Palabra de Dios es lo último que se hace?

Permítame sugerir que la raíz del problema está en tres lugares. Por un lado muchos predicadores trabajan bajo una premisa de “protección”, es decir, su intención es proteger los sentimientos de las personas de las duras verdades de la Biblia, o la cruda realidad del pecado, o de nuestra histórica enemistad con Dios. Esto impulsa a muchos predicadores a ser selectivos con lo que predican y entonces el amor, la gracia y la misericordia es resaltada pero la santidad de Dios, el arrepentimiento de nuestros pecados, que vivamos una vida santa, que estemos comprometidos a honrar la Palabra de Dios, que tengamos un amor sacrificial y todos estos “asuntos incómodos” son escondidos debajo del tapete. El resultado es un Cristianismo superficial con cientos de “Cristianos” que aún no han sido salvos y que llegan a la iglesia cada domingo pensando que el trabajo de Dios es olvidar y perdonar y que todo lo que ellos tienen que hacer es ir a la iglesia y sentarse a escuchar a un hombre que da consejos para asuntos prácticos, lleno de historias y de chistes y con un poco de psicología pop. La Biblia pocas veces es leída y en muchas ocasiones ni siquiera se menciona.

La segunda parte del problema es la búsqueda de popularidad. Desafortunadamente la Palabra de Dios no es popular. Actualmente nuestra sociedad no quiere que nadie le diga ni que hacer ni cómo hacerlo.
Queremos tener nuestras cosas, nuestras vidas, nuestras decisiones y no seguir a nadie más que a nosotros mismos. Muchos predicadores ponen sus ojos en los números. Entre más grande tenga la iglesia, más exitoso se ve el predicador.
Entonces los predicadores se dedican a hacer sermones a la medida que se ajusten a lo que es correcto y aceptado culturalmente al punto de ir en contra de las Escrituras en asuntos clarísimos como la homosexualidad, el adulterio, el divorcio, los engaños, las mentiras, etc. Estos predicadores prefieren hablar de lo que la gente quiere escuchar y de esta manera se cumple la Escritura en 2 Timoteo 4:3 volviéndose maestros conforme a sus propias concupiscencias.

La tercera parte del problema es la falta de entrenamiento. Muchos predicadores realmente quieren honrar a Dios y ser expositores fieles de Su Palabra pero no saben cómo hacerlo. He conocido a muchos predicadores que han estado en el ministerio por muchos años y que nunca han leído, ni una sola vez, su Biblia de pasta a pasta (completamente). Fueron enseñados a encontrar en las concordancias los versículos que sustenten lo que ellos quieren decir y hacer así todo un sermón. A muchos de estos queridos hermanos se les arrojó al ministerio teniendo que “resolver” por ellos mismos y sin un claro entendimiento de las Escrituras de qué se trata todo esto, dando como resultando falsas doctrinas y herejías terribles.

Si somos honestos, aunque este es un panorama muy sombrío, debemos regresar a las Escrituras. Debemos hacer lo que hizo Esdras en Nehemías 8 y tomar el Libro y predicar acerca de él. No de nuestras experiencias ni de nuestros pensamientos o ideas corrompidas, sino de la Palabra de Dios. Abundar en las riquezas de Su Palabra, construir los puentes que conecten la Palabra de Dios con la congregación y simplemente predicar a Cristo y Su Evangelio.

Cuando prediquemos la Palabra de Dios seremos capaces de presentarnos ante el Señor como obreros aprobados que manejaron correctamente la Palabra de Dios. Seremos capaces de decir como el apóstol Pablo: no rehusé predicar todo el consejo de Dios. ¡no es nuestra casa! ¡tenemos que hacer lo que Dios nos mandó!: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra” ( 2 Timoteo 4:1-2a)

Recuerde Gálatas 1:10 y busque ser aprobado por Dios no por los hombres, porque la tarea que Él nos encomendó es el privilegio más increíble en toda la creación, proclamar las virtudes de un Dios santo, un Dios misericordioso, un Dios bueno que rescató nuestras almas para este propósito en especial y para Su gloria.

Febrero 18, 2018 | Jorge A. Salazar

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